martes, 30 de junio de 2009

II CERTAMEN LITERARIO

La Asociación Cultural “El Yelmo” en sus veinte años de trabajo, fomentando la cultura, la educación, la igualdad de genero, y todo aquello que creemos que es relevante para el enriquecimiento del ser humano. El Certamen Literario “Carmen de Michelena” se ha enmarcado dentro del programa de actividades que se realizan durante todo el año por esta asociación, cuyo tema debe ser MUJER. La importancia de la literatura con problemáticas de mujer, reflejo de la sociedad vista por las mujeres y hombres, con unos valores y una determinada forma de transmitirlos. Nuestro más sincero agradecimiento por la colaboración que nos han prestado.
PREMIO POESIA
Lucia Málpica López

De siempre le gusto escribir, pero tuvo que abandonarlo para cuidar de su madre enferma y como era la mayor hacerse cargo de sus hermanos pequeños. Además de criar a sus dos hijos.
Con 50 años se apunto en el Centro de Adultos de Mengibar, y allí empezó de nuevo el gusanillo por escribir

En el año1.998 fue Primer premio de relato corto “Ciudad de Mengibar”
En el 1.999 Premio en Porcuna
En el año 1.999 Primer Premio de Poesía de la provincia de Jaén de los Centros de Adultos.
En el 2.002 Tercer Premio del Certamen del Diario Jaén – Jóvenes Periodistas
En el 2.003 Primer Premio de relato – Certamen Ciudad de Arjonilla
En el 2.004 Tercer Premio del diario Jaén – Jóvenes periodistas
PRIMER PREMIO DE POESIA

¡FLORES!

¡Aquí estoy!
¿eso era lo que querías?
anoche me pegastes
y con tus voces me maldecías

Aquí estoy
Aguante porque te quería
no era la primera vez
pero tú…tú lo repetías
una y otra vez
¡Aquí estoy!
no es San Valentín
ni nuestro aniversario
pero hoy tú …
.flores me has mandado

¡Aquí estoy!
No es mi cumpleaños
ni el día de la madre
¿qué hay que celebrar
hay que justificar algo?

¡Aquí estoy!
desecha perdida
flores me has mandado
¿para qué?
Sino es mi santo, ni mi día

¡ Aquí estoy!
¡donde tu querías
tuya o de nadie!
¡mil veces lo decías!

¡Aquí estoy!
me estas enterrado
pero sobre mi tumba
¡hay que amor mas grande!
esta ese ramo de flores
¡Qué tú…me has mandado!

¡Aquí estoy!
talvez esté rezando
sobre ese ataúd
que tú me has buscado

¡Aquí estoy ¡
hoy….
flores me has mandado
flores sobre mi cuerpo
“SIN VIDA”
¡vida que ú me has quitado!
¡ Aquí estoy!
En la penumbra , descansando
mi cuerpo, lleno de humillaciones
por fin…
tranquilo, reposado
como las flores
me marchitaré si…
como esas flores ¡Que tú me has mandado!
PRIMER PREMIO DE RELATO CORTO
LUIS MIGUEL RUFINO RUS

Luis Miguel Rufino Rus (Sevilla, 1956) casado y con tres hijos de 17, 15 y 12 años, licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales.
Desempeñó distintos cargos directivos en empresas como General Motors, Electronic Data Systems, Amadeus y People, por lo que ha vivido en Zaragoza, Madrid y Sevilla, así como en Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Alemania.

En los últimos años ha sido Profesor Asociado de Dirección Estratégica en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Sevilla. También ha sido Director Gerente de la Real Orquesta Sinfónica de esa ciudad.

Escribe colaboraciones en prensa y ha participado en diferentes talleres y tertulias literarias y televisivas.
Tiene publicados los siguientes relatos:
· “La arpista diáfana” (En el volumen “La arpista diáfana y otros relatos”, Fundación José Manuel Lara, 2003)
· “El hombre que se defendía tocando las maracas” (En el volumen “El profesor Farago y otros relatos”, Fundación José Manuel Lara, 2004)
· “Las cenizas de los peces” (En el volumen “Relatos”, Diputación Provincial de Cáceres, 2004)
Cuenta con los siguientes premios:
· Primer Premio del V Certamen Literario Internacional Villa de Montánchez (julio de 2004), organizado por El Ayuntamiento de Montánchez (Cáceres), la Diputación Provincial de Cáceres y la Asociación Pueblo de Montánchez, por el relato titulado “Las cenizas de los peces”.
· Primer Premio del II Certamen Literario Carmen de Michelena (noviembre de 2004), organizado por la Asociación El Yelmo en Beas de Segura (Jaén) y la Junta de Andalucía, por el relato titulado “Haciendo las maletas”.
· Tercer Accésit del I Certamen de Cuento Corto Sentido Bar (junio de 2004), en Las Palmas de Gran Canaria, por el relato titulado “Las cenizas de los peces”.


HACIENDO LAS MALETAS

Me vi de protagonista en una representación operística un poco peculiar, tan singular, que quizá fuera simplemente un sainete: nuestra habitación era el escenario. Yo le daba la espalda, él me hablaba y yo no le escuchaba. El dormitorio estaba en penumbra. Oía mi respiración en primer plano y su voz en segundo, a lo lejos, como un acompañamiento innecesario o redundante con la melodía principal. Él hablaba y hablaba, pero yo sólo oía sonidos, no entendía sus palabras. Había decidido no entenderlas... y creo que mi determinación empezó a hacer mella en su ánimo. Se lo noté en la voz, que empezó a modular de la tesitura ronca de un bajo a la menos grave de un barítono. Los sonidos se mantuvieron unos minutos en esa tonalidad mientras me observaba meter camisas en la maleta. Yo trataba de seguir dándole la espalda en todo momento, incluso cuando daba cortos paseos hacia el armario para aprovisionarme de nuevas remesas de ropa que meter en la valija. La falta de encuentro entre nuestras miradas me fortalecía y me ayudaba en mi empresa. La intensidad del tono de su voz volvió a cambiar cuando me vio arrinconar un puñado de sujetadores en el lado derecho de la maleta. La cantinela que su boca emitía dejó de sonar a barítono y moduló hacia un matiz más agudo, hasta que empecé a oír la voz de un tenor. Quizá bordeara el contralto. El sonsonete se me antojó despreciable por blandengue y lastimero. Era más que evidente que su ánimo se quebraba por minutos. Enfilé el último tramo de la labor a la que con síntomas de autismo estaba tan entregada: se trataba -ni más ni menos- de trasladar mis bragas del cajón de la cómoda a la maleta, ya casi llena. En ese momento el cambio tonal de su voz fue casi espeluznante. No me pareció bien reírme y me tuve que aguantar (nada más lejos de mi intención que provocar su violencia, aunque fuera sólo la verbal). Se olvidó del tono de tenor y del de contralto y empezó a suplicar con la misma tesitura de un castrato o de un infante de escolanía vaticana. Yo seguía sin mirarle, sólo le oía, no le escuchaba, pero por cómo evolucionaba el tono y cómo se limaba la aspereza de sus palabras, me di cuenta de que la fase de chantaje emocional había comenzado. Esto ocurría cuando en sus palabras, la ira dejaba paso a la pena... o mejor sería decir, a las ganas de darme pena a mí... o para ser más exactos, a la auto compasión que buscaba mi conmiseración... Yo seguía escuchando sin oírle. De pronto me di cuenta de que él estaba empezando a llorar... o mejor sería decir a lloriquear... quizá sólo gimoteaba. El tipo de llanto que usaba como ardid no cambia lo esencial, no altera el desprecio que ahora recuerdo que me producía oírle. Me pregunté por qué en otras ocasiones había sucumbido a su chantaje. Qué fuerza me brotaba hoy de dentro que me había faltado ante otras escenas similares. No me supe contestar. Con cada latido, mi sangre golpeaba con ímpetu en las sienes, en las muñecas y sentía un hueco frío en el estómago. Seguí recogiendo, amontonando ropa. Él se daba cuenta de que yo me iba, e intuía, o sospechaba, o ya estaba totalmente seguro, de que esta vez me iba de verdad y se afanaba en seguir intentando su pequeña coacción emocional de niño malcriado, otra vez, por enésima vez, pretendiendo que yo diera marcha atrás, que cambiara de opinión y volviera a picar su anzuelo y no terminara el trabajo que acababa de iniciar… que, en realidad, estaba a punto de terminar: ni más ni menos que el amargo trabajo de hacer mi equipaje.

A ese trabajo seguiría otro que requeriría un poco más de esfuerzo físico: se trababa de cerrar la maleta y levantarla de encima de la cama usando una sola mano. Lo siguiente sería girar mis dos tobillos con decisión y contundencia militar para empezar a andar por el pasillo taconeando todo lo fuerte que pudiera. Cotocloc, cotocloc. El tránsito entre el dormitorio y la salida de la casa debía acabar con un estruendoso golpe dado con la puerta de la calle en el quicio donde normalmente ésta reposa en silencio. Un portazo que retumbara en toda la escalera -¡Blam!- y que en el lenguaje de los Ubangui-Shari, esa tribu de la República Centro-africana que se comunica golpeando troncos de madera contra otros troncos de madera, significara -más o menos, sin la ambición de traducir literalmente o con demasiada exactitud-: “¡Ahí te quedas!”

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