lunes, 15 de junio de 2009

IV CERTAMEN LITERARIO CARMEN DE MICHELENA




PREMIO INFANTIL
Maria Torcal Trapero
Estepona - Malaga

Empezó a escribir con 8 años, ahora tiene 12años. Desde pequeñita le ha gustado escribir poesías y cuentos, Le gusta leer, pero más le gusta escribir porque le ayuda a expresar sus pensamientos Este año ha entrado en el instituto (en 1ª de ESO) .
AL ALBA
Llamando a mi ventana

El otro día me desperté,
el sol llamaba a mi ventana,
su rostro llamativo su madurez delata,
delata el trabajo, delata su cara.
El otro día vino llorando a mi casa,
tanta madurez no es necesaria,
no hay que ser maduro
para borrar mi casa,
deja nubes negras la fábrica que mata,
que mata la esencia, la esencia del alma,
que arranca mi cabello, el rubio cabello dispara,
mis rayos se agotan, mis fuerzas se acaban.

Yo os di la vida y esta vida me mata,
me mata la esencia del fumar de la fábrica,
me mata la impureza del agua pasada,
me muero y me muero y no siento nada.
Porque el otro día vino el sol
llorando a mi casa, vestido de luto
apenas se arrastra, llamando poco a poco
sus fuerzas se acaban.
La guerra

La guerra, vestida de negro y rojo
va dejando su sangre para los que no mueren nunca.
Los que luchan en ella y mueren por matar
no son héroes ni héroes serán,
sólo héroes podrán ser los que mueren por salvar.
La última lágrima de rocío

Una lágrima de rocío,
que caiga una en cada cosecha
porque secos están los campos
y muy seca está la tierra.

Solo una lágrima, una lágrima de estrella,
tan solo una lágrima que la pobreza siempre seca.
Carta de amor

El día que me escribiste esa carta
me enamoré locamente de ti.
Cuando me miraste a los ojos
noté que había otra persona dentro de mí.
Ni siquiera pensaba, no pensaba en mí,
en aquel momento de un descuido de vida
sus ojos se iluminaron,
intentó salvarme, pero intentaba darme demasiado
y cuando me enteré ya era tarde,
venía directo a mí aquel coche sin frenos
y descifré el mensaje “adiós”.
El trocito de alma que me falta

Me entristece escribir este poema
mirando a esta vieja libreta,
sentimiento tras otro de pena,
trocito de verso del alma que se lleva el aire.
Nunca recuperaré ese trocito de alma que se fue
inundando mi pena entre sentimientos
en este viejo poema, alegre vida en la que escribo
y describo la vida de mi bisabuela.
Mil latidos en tu corazón

Tú naciste entre tristeza
y clavaste la sangre en tus ojos,
y cada mil lágrimas que, deshechas
se convierten en un manojito de tristeza,
porque tus lágrimas son un don,
un signo que ciega tus ojos pero no el corazón.
PREMIO ADULTOS
ECO DEL VIENTO
Juana Ramón Montes
Estepona (Málaga )

Estamos aquí, somos visibles,
nuestros pasos son firmes y seguros,
sabemos dónde vamos,
defendemos aquello que queremos,
vivimos,
y esa vida nos lleva a pintar horizontes,
a bordar libertades,
a tejer realidades.
Somos trabajo, verbo, matemática,
hemos roto barreras, alambradas
que nos aislaban del mundo
y nos dejaban lágrimas calladas.
El camino ha empezado a tener flores,
ya las semillas dan frutos deseados,
nuestras voces se escuchan,
y un eco de otros nombres nos recuerda
a otras mujeres que dejaron
para nosotras legados de grandeza.
La palabra mujer encierra entre sus letras
mil renglones escritos con silencios,
dibujados con sal sobre la arena
de esta playa sin tregua de la vida
que han llegado hasta el mar como los ríos.


Le habían prometido un mundo nuevo,
un mañana de áurea tibieza,
una bocanada de luz, de aire fresco,
una casa con luces y agua fresca,
una cuenta en el banco,
un trabajo, una vida de riquezas,
la habían revestido de quimeras.
Pero no le habían dicho
que la noche era inmensamente negra,
que el mar llevaba el agua por ofrenda,
y su fuerza era más que mil tormentas.
No le hablaron del miedo ante las olas
ni le contaron cómo eran las estrellas
vistas desde la triste habitación
de un club de carretera.
Le habían prometido un mundo nuevo
y se quedaron con su inocencia.



Homenaje a las mujeres que tuvieron que parir a sus hijos en el monte, en el campo….

Estaba allí, pariendo junto a Juana
a la luz de la aurora, rojiblanca,
llovía, y bajo un árbol
iba a nacer su hija con el día.
Huía en medio de una guerra
sin saber qué eran bandos ni fronteras,
tan sólo defendía una bandera,
salvar lo que quedó de su familia.
Llegaba como el viento, desolada,
en un invierno de frías madrugadas.
Otra mujer valiente le ayudaba,
sus manos de partera
eran palomas blancas que trajeran
ramas de olivo a esa vida nueva.


Jueves, XXII de abril de MCCCCLI. Madrigal
(cuando la Católica Reina Isabel nacía)

Estaba la primavera alborotada
despertando en rumores,
mientras Isabel, la reina, paría
en Madrigal entre almohadones,
atentas las miradas,
que una reina paría con testigos,
hombres notables de su cercanía,
criadas y parteras que ayudaban
a un notario que anotar debía,
la hora, los nombres, los detalles,
porque a la vista debía entrar al mundo
la real y esperada criatura.
Y la reina, mujer, se debatía
entre los dolores y la tiranía,
¡parir ante notarios y escribientes,
a fe que la vergüenza le invadía!.
Reina, mujer, cruzando umbrales,
cautiva de aquel trono, guerrera sin lebreles
bajo aquella corona lloraba a escondidas.

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Juana Ramón Montes
Natural de Zaragoza, con domicilio en Estepona (Málaga )

Estudios realizados: Magisterio.
Monitora de animación a la lectura y de Pintura en tela.

Casada, madre de un hijo, alterna su labor profesional con la literatura y la pintura, formando también parte activa de la Asociación de Mujeres Peñas Blancas de Estepona donde ha impartido talleres de pintura y literatura.
Pertenece además a otras asociaciones culturales y/o sociales.
En la actualidad trabaja en el Área de Educación del Ayuntamiento de Estepona.
Ha obtenido alrededor de cuarenta premios en poesía y en relatos.

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“YA TE LLAMAREMOS”


Rocío Rubio Garrido - Sevilla


Mi querido empresario:
Le parecerá extraño que yo, una más de entre la legión de desesperados que hemos acudido presurosos a su llamada, le escriba estas líneas. Incluso podrá interpretar como una osadía por mi parte el gesto de dirigirme a usted una vez que ha concluido el proceso de selección, como una pataleta de mala perdedora que aprovecha la coyuntura desfavorable para terminar de desahogar su ira, haciendo acopio del dicho popular que recomienda en última instancia tirarse de perdidos al río –en mi caso particular más bien tendría que zambullirme en las cloacas-. Como buena previsora me adelantaré a sus cavilaciones y le sugeriré que tome esto con la intención original con la que ha sido concebido en mi mente: mi derecho a réplica tras una entrevista de selección en la que casi no me ha dejado expresarme.
Cuando encontré el anuncio de su empresa camuflado entre las páginas salmón del periódico del domingo, pensé que se trataba de una premonición: por fin encontraba la utilidad de poner todos los lunes un ramo de perejil a San Pancracio. Pareciera que hubieran clavado mi perfil exacto en el apartado de requisitos: persona responsable, con estudios de administrativo, ordenada y con afán de superación. Tras varios meses de búsqueda infructuosa entre los anuncios por palabras que se ofertan cada día, daba con uno acorde con mi preparación. No se puede imaginar lo que eso significa para alguien que ver pasar los días con la incertidumbre de si podrá pagar el alquiler del piso a final de mes, o si podrá permitirse el “lujo” de comprarle un chándal nuevo al niño, después de tres temporadas seguidas echándole el bajo a los pantalones. Y como un oasis inesperado en mitad del desierto de la precariedad, aparecía el anuncio de su empresa, en letras negras bien llamativas.
La cita fue el martes de la semana pasada a las 12 de la mañana en su despacho, ubicado en la última planta de un edificio de cristales de reciente construcción. Debe experimentar una sensación de poder absoluto cuando contemple cada mañana la ciudad desde su sillón giratorio. Lo imagino con su taza de café aún humeante, pegado a la ventana, asistiendo impasible al deambular errante de un reguero de minúsculas personas con sus miserias y sus alegrías a la espalda. Cuántas veces me habrá confundido entre esa marabunta de hormigas labradoras sin usted saberlo. Cuántas veces se habrá extasiado sobre la tapicería de cuero, recreándose en su poder de dueño de una parcela de mundo.
Así estaría, absorto desde su pedestal de cemento, momentos antes de recibirme con su traje impecable, comprado a buen seguro en una boutique de las que exhiben precios desorbitados en los escaparates más exclusivos del centro. Yo, si es que aún no ha logrado identificarme por el nombre, era la del conjunto de falda y chaqueta negra. Sí, ya sé que no destaqué por mi originalidad. La decisión de llevar este atuendo, lejos de ser arbitraria, responde a una simple cuestión de economía. Cuando los recursos son un bien escaso, debemos recurrir a prendas de líneas simples y monocromáticas, esas que sabemos que nunca pasarán de moda. Ya sabe, en cualquier momento se puede terciar un funeral y lo más socorrido es sacar partido al modelito sobrio de las entrevistas de trabajo, con el que seguro aciertas. Le cito este detalle porque me consta lo importante que es la indumentaria en una cita de este tipo.
Abrí la carpeta y le hice entrega de los dos folios que a modo de telegrama resumía mi vida laboral, es decir, lo que vulgarmente se conoce por currículo. Usted echó un vistazo superficial y pasó a examinar mi rostro, como si en las patas de gallo llevara escrita la experiencia que de forma pormenorizada me había tomado la molestia de detallarle. Y fue, en efecto, un simple vistazo el que echó sobre los dos folios grapados porque comenzó a preguntarme por cuestiones que aparecían allí perfectamente detalladas.
Yo, en un ejercicio extraordinario de síntesis, le dije que había trabajado doce años en una empresa de papelería realizando tareas de administración, tal y como apuntaba el principal requisito de la oferta del periódico. Sí, es cierto que inflé un poco las responsabilidades que había ejercido en los trabajos por los que había pasado, pero apuesto a que usted también habló demasiado bien de sí mismo cuando quiso promocionarse hasta llegar a ocupar un despacho con vistas tan amplias.
¿Que por qué prescindieron de mis servicios en esta empresa? Pues mire, había que hacer un recorte de plantilla porque se estaban produciendo pérdidas, y yo estaba dentro de esa quiniela arbitraria de despedidos, tan injusta como inesperada para los que tenemos un único sueldo –no estoy segura de si la definición tradicional de “cabeza de familia” vale también para las mujeres, le puedo asegurar desde luego que la mía es la única que saca adelante mi casa-.
Tuve la impresión de que le había resultado poco convincente mi explicación, y ahora que dispongo de espacio para expresarme, le diré que los que sufrimos la desgracia de un recorte de plantilla no somos ninguna casta de apestados que tengamos que avergonzarnos de no haber conseguido prosperar en el mercado laboral. Yo no decidí estar en esa quiniela de futuros parados, puedo dar fe de que no es nada reconfortante pasar cada tres meses por la oficina de empleo de mi barrio a la espera de una llamada. Se lo digo para que en próximos procesos de selección evite esa mirada inquisitorial sobre un candidato que haya sido despedido de su anterior trabajo: relájese y quítese esos fantasmas de la cabeza de que seguramente se trate de un aficionado a la holgazanería que disfruta de vivir a costa de los impuestos del prójimo.
La siguiente pregunta con la que me abordó fue sobre mi preparación académica. Apuesto a que pensó que respondía al perfil de maruja carente de ambiciones, con poco más que el graduado escolar y un curso anticuado de mecanografía impartido por la señorita Pepis. Si no, no me explicaría su cara de sorpresa cuando abrí la carpeta y le mostré toda la colección de certificados de cursos de formación ocupacional que había realizado, más la especialidad en ofimática y los diplomas de inglés y francés.
Reconózcalo, no se lo esperaba. Y de haberme dejado hablar, también le hubiese contado que hace poco me matriculé de un par de asignaturas de Empresariales, consciente de que cada vez se exige más preparación, y el reciclaje es casi una obligación para los que pretendemos desfilar por la pasarela de las entrevistas de trabajo sin meternos la gran piña. ¿Sabe? Disfruto de las clases en primerísima fila y tomo tantos apuntes como mi mano da de sí. Como puede intuir, yo no pertenezco a la clase de privilegiados que se pasan las horas en las barriladas del Campus y luego duermen la mona tirados en el césped con los apuntes apestando a cerveza, o liando porros en la intimidad de los cuartos de baño. Esa es una de las ventajas de haber llegado a la madurez –palabra maldita entre vosotros, los jefes supremos-: que se aprende a valorar cada palabra, cada situación que ofrece la vida.
Cuando salí de su despacho tuve la certeza de que también incumpliría esa máxima de “ya te llamaremos”. Me la han repetido en tantas ocasiones que hasta he hecho un pacto con la memoria para olvidar la cuenta. Pero a diferencia de otras entrevistas, en esta he conjurado a todos mis ovarios para escribirle estas líneas, que bien podrían valer para cualquier otro empresario que me haya prejuzgado con la soberbia del que se encuentra bien a gusto encaramado al poder.
Es el único medio con el que cuento para hacer oír mi voz. Quizás nunca me llegue a contratar en un futuro, quizás sea verdad la leyenda urbana que da cuenta de la existencia de listas negras compartidas por empresarios, pero al menos me queda la tranquilidad de haber puesto una piedra en la lucha por la igualdad que otros dinamitan. Usted tiene en su mano el poder de sacarme de la listas del paro. Yo aún cuento con la fuerza de la palabra.
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Rocio Rubio Garrido

Sevilla

Estudios de Doctorado: Realizando la tesis doctoral en la Facultad de Filología Árabe de la Universidad de Sevilla. Diploma de Estudios Avanzados (DEA) con sobresaliente por unanimidad.
Licenciada en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información de Sevilla (promoción 1997-2001).

Ganadora de un accésit en el I Certamen Internacional de Relatos Hiperbreves 2005 convocado por el Ayuntamiento de Burgos.



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ACCESIT
ACCÉSIT: Isabel Codes Moreno
La paciencia de una mujer o veinte años no son nada.
Estudio en la Universidad Laboral de Almería. En Granada se licenció en Biología. Desde hace 15 años se dedica a la enseñanza de las Ciencias. Actualmente trabaja en un instituto de Marbella

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La paciencia de una mujer o veinte años no son nada

Todos los viernes se desplomaba en el sofá y miraba hipnotizado las imágenes de una cadena deportiva. Permanecía así hasta el domingo por la noche, comiendo sólo frutos secos, patatas fritas y algún trozo de piza y bebiendo cerveza de lata que le traía su mujer cada hora y media aproximadamente. Tras unas vacaciones de dos semanas, no se levantó.

Cada vez comía y bebía menos y espaciaba más sus visitas al baño. Pasados unos meses, dejó de comer y de beber, ya no se levantaba nunca.

Un día, al pasar la aspiradora, su mujer comprobó que le estaban saliendo raíces y empezó a regarlo. Su aspecto era ahora nudoso y ligeramente verde. En los días nublados palidecía y su respiración se ralentizaba. Ella comprendió entonces que se había vuelto fotosintético pues su estado se agravaba si no abría las persianas.

Tras veinte años de riego y limpieza diarios, él se había transformado en un bulto enorme sobre el sofá, sus raíces se extendían por todo el salón. En cierta ocasión, ella sintió que el extremo de una raíz quería estrangularla. Fue la gota que colmó el vaso.

Bajó todas las persianas de la casa y dio un portazo al salir.
ACCESÍT: Antonia Armijo Sánchez
La Contadora de Cuentos
Profesora de Enseñanza Secundaria, gano el Certamen de Poesía “Villar del Rey”, en Cuenca, en el año 2.000. Accésit del premio de poesía de la facultad de Letras de Murcia, 2005. _
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LA CONTADORA DE CUENTOS
Tenía el paso distraído, propio de los ancianos, aunque vivaracho; el moño “repainao” y unos grandes y hermosos ojos azules.
Ese era todo el recuerdo físico que mi abuelo guardaba de María la Partera. Debió nacer aquella mujer a mediados del siglo XIX; ya peinaba plata poco después de lo de Cuba. Eran aquellos, tiempos de desdicha, y mi abuelo aprendió a respetar el dolor ajeno. Por eso no supo, o no quiso, contarme la historia del misterio de la hija de María la partera. Tan solo decía “...Era una mujer admirable que tenía todo lo que había que tener”.
De joven fue la belleza de la Sierra, menuda y discreta, además de hermosa. Según contaban, a los dieciséis años tuvo un “percance”. Nadie supo jamás el autor de su “desgracia”; sólo, tiempo después, se cantaba en el pueblo:
“A María la Partera,
no se sabe quién la vio,
pero el galán que la viera
vio la vida de una flor.”
Sus padres marcharon a un cortijo de medianeros. Quizás huyendo de la vergüenza, quizás porque tenían dos hijas más pequeñas... cosas de la época. Le dejaron la casa, apenas cuatro paredes medio podridas y un corral mal ventilado. La joven se las arregló como pudo. Y pudo muy bien.
No se la veía apenas en la calle; ni siquiera iba a la Iglesia. Algunos suponían que fue una crisis de fe, otros en sus sospechas iban más allá. Sólo abandonaba la casa para trabajar en lo que le salía. Aprendió a amasar, ayudaba en las matanzas, en los blanqueos, en los arreglos interminables de las casas, en las bodas, bautizos y comuniones. Remendaba, lavaba y planchaba para fuera, siempre con su hija al ijar o cogida de las faldas. Como tenía buenas manos, le salía más trabajo del que podía.
Desde que tuvo a su hija se interesó por aprender a alumbrar. Siempre que podía iba a ayudar a la hermana Sebastiana, o la hermana Felisa, parteras oficiales y con el tiempo heredó el oficio. Para su hija era un día de fiesta, sobre todo si el crío nacía en cortijo porque así se quedaba mucho tiempo en la calle, o en cámaras y corrales, jugando con los muchachos del lugar.
Manifestaba un sentido del humor fuera de lo común. Vivía para su niña, pero tenía también un profundo y sorprendente mundo interior. Gozaba de una gracia natural para referir historias, o invertarlas, que le dio fama en toda la comarca. Especialmente solicitadas eran sus historias de muertos, “pantasmas” y aparecidos, y, junto al fuego, a la luz del candil, ponía la carne de gallina a las comadres. Incluso más de un mozo, altanero y fuerte como olivo, sintió extraña conmoción al mirar sus grandes ojos azules, brillantes como ascuas de agua al reflejo de las llamas, mientras susurraba misterios en noches de difuntos.
También sabía rimar historias y hacer poesías, y hubo gente que quiso pagarle por alguna, pero ella decía que sólo cobraba por el trabajo hecho por sus manos, no por el de su cabeza.
A su manera era rica, pues de nada le faltaba. Juntó tanto, que podía pagarle a “la maestra niñas” para que enseñara a su hija. Según cuentan decía que ella trabajaba con las manos para que su hija lo hiciera con la cabeza, y que algún día sería una escritora famosa.
En todo destacó María: hacía bien los “bodrios”, parteaba bien, era tan limpia como la más limpia que la memoria alcanzara. Conservó, a su manera sigilosa y prudente, la frescura de una juventud malograda. Murió años antes de las conmociones de la Guerra. No llegó a oír hablar de los derechos de la mujer, ni sospechó siquiera la posibilidad de un mundo distinto a aquel de su tierra natal.
Cosechó fama, reconocimiento y respeto pero, para mi abuelo, María la partera fue su abuela favorita. Su gran contadora de cuentos.
ACCÉSIT:
Eva Mª Fernández Salgado
Puesta de Largo
Licenciada en Psicología. Aficionada desde muy pequeña a la lectura y la escritura, comenzó publicando algunos cuentos en revistas infantiles.
Desde el 2002 participa en talleres de lectura y escritura creativa en Sevilla, a consecuencia de lo cual publica algunos relatos.
En el 2005 termina su formación como Correctora Profesional de Textos.
Publicación del relato “Soledad” en la compilación Viernes de Otoño editado por Ed. Padilla (2003)
Publicación del relato “Vidas prestadas” en la compilación La Arpista Diáfana editada por la Fundación Lara
En preparación la publicación del relato “La reunión del té”, a cargo de la Fundación Lara

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Puestas de largo EVA FERNÁNDEZ SALGADO

Para algunas de nosotras amaneció más temprano de lo habitual. Mientras la mayoría de la tribu seguía durmiendo aún, incluso mi hermana pequeña Kimba, nosotras ya llevábamos algún tiempo preparando el trayecto: sería una larga caminata al sol que, dentro de poco, luciría en todo lo alto, por lo que nos habíamos provisto sobre todo de agua.
La casa de las mujeres está lejos, para que puedan recluirse allí cuando sangran y así no contaminen el poblado. Allí nos esperaría Oureye, la comadrona, que le aconsejó a mi madre que purificáramos a Kimba antes de mi boda, y pudiéramos ya así dejar arreglada la suya: “¡debéis cortar el mal cuanto antes o no podrá conseguir un muchacho de buena familia!” . Kimba tenía ya diez años; Nadie querría apalabrar el casamiento con una niña que aún se pasa el día subida a los árboles, como los niños.
- Kimba, Kimba, es hora de levantarse –mi hermana entreabrió los ojos quejándose, sorprendida por tener que levantarse cuando aún parecía ser de noche.
- Vamos pequeña, no seas perezosa, nos espera una buena caminata: hoy entrarás por primera vez en la casa de las mujeres, con nosotras.
Abrió tanto los ojos que pareció imposible que estuviera dormida hacía apenas unos segundos.
- Entonces, ¿ya podré andar como tú y mamá?
Desde muy pequeña, Kimba trataba de imitar nuestra manera de andar, con pasos cortos y las rodillas juntas. Nosotras calmábamos su impaciencia diciéndole que muy pronto, cuando fuera una verdadera mujer Dongo, caminaría así ella también, cuando el mal hubiera desaparecido de su cuerpo.
Fuera nos esperaban mi madre, mi abuela y dos hermanas de mi madre. Con el incipiente clarear del alba nos pusimos en marcha.
* * * *
Mientras hacía cola en el centro comercial con su amiga Nuria para comprar las entradas del concierto al que tanto había deseado ir, Marta sólo podía pensar en que sus padres ya no podrían negarle ese regalo de fin de curso que le habían prometido, quizás convencidos en vista de los antecedentes de que sería imposible que llegara con el boletín de notas sin un solo suspenso.
Ahora dio por buenas todas esas estupideces que había tenido que memorizar durante todo el curso para, al menos, aprobarlas todas. Nunca habría sido capaz de conseguirlo si no fuera porque el premio merecía la pena. Desde hacía un mes tenía ya dieciocho años; ya no había ninguna excusa: por fin le pondrían dos tallas más de sujetador.
Casi deseó que pusieran el cartel de “agotadas todas las entradas” para salir corriendo a comprar las camisetas que, dentro de poco, podría llevar por fin bien ajustadas para lucir su nuevo pecho; ¡todos los chicos la mirarían!, se convertiría en una mujer de verdad, como las que salían en la tele. Quizás, algún día, ella también podría ser famosa.
* * * *
Kimba estaba muy cansada cuando llegamos a la casa de las mujeres, no había dejado de preguntar cuánto faltaba. Por eso no fue difícil conseguir que se tumbara sobre la manta que Oureye ya había preparado sobre el suelo de la tienda.
Cuando empezamos a quitarle la ropa me miró extrañada, aunque no se atrevió a preguntar nada, tal vez asustada por la expresión seria de la vieja Oureye y el silencio sepulcral con que todas nos dedicamos a desvestir a la niña. Estando ya completamente desnuda le abrimos las piernas, sujetándola cada una de nosotras de una extremidad. Yo me senté sobre su pecho:
- Ssssss, tranquila- susurré, mientras le metía en la boca un trapo que pudiera morder y nos ahorrara los gritos.
En ese instante Oureye se aproxima con una navaja en la mano. Me parece verla el día en que me lo hizo a mí, en aquella ocasión con el borde de una lata. Tal vez sea esta misma navaja la que emplee dentro de poco, cuando yo misma tenga que volver, a que me prepare para mi noche de bodas.
Oureye mete la mano entre las piernas de mi hermana mientras pronuncia unas palabras que no comprendo. Un reguero de sangre recorre sus muslos, al tiempo que sus ojos, locos de terror, se inundan de lágrimas. Entonces empieza a moverse entre fuertes convulsiones, tratando de liberarse de nuestras manos, por lo que Oureye nos advierte que debemos sujetarla con firmeza, de lo contrario no podrá ver bien el sitio exacto donde tiene que cortar.
Ahora la sangre mana sin fin piernas abajo mientras miro a mi hermana, suplicándole que se esté quieta. Justo antes de desmayarse me miró interrogativa. ¿Cómo decirle que no es lo que cree? ¿Cómo decirle que no es mi intención hacerle daño?
* * * *
La madre de Marta se encargó de arreglarlo todo en la clínica donde le pondrían a su hija los implantes. Decidió acudir al mismo médico que le hizo la “lipo” y le puso el bótox: ¡le había dejado un aspecto tan juvenil!
Para Marta fue una suerte que el médico fuera de confianza, porque ahora que estaba tumbada en la camilla, aturdida por esas luces tan fuertes, sintió un poco de miedo a pesar de todas las veces que le habían explicado cómo sería la operación. Nunca antes había entrado en un quirófano.
La última llamada que hizo fue a su amiga Nuria. Siempre había pensado que ella tenía suerte porque tenía ya mucho pecho, por eso sintió una gran satisfacción cuando la oyó confesar su envidia porque Marta lo tendría ahora mucho más bonito que ella: como eran prótesis no tendría que preocuparse de si se le iba a caer.
-Marta, ahora notarás cómo te irás quedando dormida. Cuando te despiertes ya estarás guapísima con tu pecho nuevo. Así que relájate.
Se sentía tan emocionada que eso de relajarse le pareció bastante difícil, así es que se le ocurrió pensar en Pablo; seguro que ahora por fin se fijaría en ella. Así, poco a poco empezó a sentir cierto sopor, como cuando se adormilaba tumbada al sol, en la playa. Justo así se imaginó: sobre la arena, con un bikini espectacular sobre su piel caliente, luciendo un pecho grande, maravilloso, del que Pablo no podría apartar sus ojos...
* * * *
Mi madre salió esta mañana a recoger a Kimba, tal y como Oureye le había dicho el día que abandonamos la casa de las mujeres. Tuvimos que dejarla allí después de coser la herida con alambre y vendarle las piernas. La comadrona debía vigilar que la herida cicatrizara correctamente y se cortara la hemorragia. Mi hermana había perdido mucha sangre, y Oureye nos advirtió que quizá tardaría más de lo habitual en volver.
Ya al atardecer salí a esperar ansiosa su llegada junto al árbol al que Kimba solía subir con otros niños. Yo la ayudaría a entender que ahora empezaba para ella otra etapa: ya era una mujer, ahora podría encontrar un buen marido con quien criar a sus propios hijos. Seguro que así comprendería que su sacrificio había merecido la pena.
Sin embargo, deslumbrada por el disco anaranjado del sol que se ponía, quise pensar que era un espejismo lo que vi: sólo se aproximaba una figura, la de mi madre. Allí la esperé, abrazada a ese árbol al que Kimba ya nunca más volvería a trepar.
* * * *
Marta ya estaba en casa al día siguiente, frente al espejo. Ya podía apreciar su nuevo perfil, a pesar de los vendajes. Hoy saldría con Nuria a comprobar qué efectos causaba su nueva anatomía. Se puso un jersey muy ajustado y cogió una revista. Se miró con diferentes poses, imitando a esas mujeres a las que tanto había envidiado y de las que nunca se había sentido más cerca. Aunque, ahora que se fijaba... ¿quién sabe? Quizá si se esforzaba un poco más el próximo curso podría estrenar también unos labios más carnosos.


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